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Bajo palos

En los lejanos años treinta, cuando el fútbol era un simple ejercicio deportivo, sin apenas espectáculo por el que se interesaran grandes masas, el periodista Jacinto Miquelarena escribió un librito titulado Stadium, en el que recogía unas breves notas de sport. Allí dejó escrito: «Para cuando hay que apoderarse del cuero en el suelo, el goal-keeper aprende a enroscarse en el balón como un filete de anchoa en la alcaparra. Así salva su cabeza. Y ya no se le pueden romper sino otras cosas». Aún dijo más sobre el guardameta. «Debiera prohibirse en absoluto que se toque al portero. Más de lo que se prohíbe hasta ahora. La misión de los artilleros es la de cañonear. Y no la de entrar al arma blanca».

Quien sabe de fútbol, conoce bien los riesgos físicos que penden sobre un portero. Y en más de una ocasión, estos singulares e inconfundibles integrantes del once balompédico han recibido en sus cuerpos algún que otro palo, especialmente, en los lanzamientos de córner. Volvemos a Miquelarena: «Imagínense ustedes el terrible espectáculo de lanzar un pedazo de carne, uno solo, a una jaula de leones hambrientos por los barrotes de arriba. Es el córner». Y claro, quien mejor puede atrapar ese metafórico pedazo de carne que es el balón, es el portero, que puede hacerlo con sus manos.

A los riesgos físicos con los que debe enfrentarse un portero, se suman los propiamente futbolísticos en su misión de impedir el gol rival dentro de su portería. Y en esa ardua tarea sobresale la circunstancial soledad del cancerbero. Casi siempre es el último y único hombre que puede detener el curso de lo que se le viene encima a todo el equipo. Es en la suerte suprema del punto fatídico en donde se percibe con más intensidad esa sensación de «solo ante el peligro». Como decía el mítico guardameta José Angel Iríbar, «el penalty es, si no una condena a muerte para el portero, sí es a cadena perpetua. El portero se siente verdaderamente solo ante el penalty; algo así como el torero ante el toro a la hora de matar».

Como afirma de los porteros el malogrado periodista y ex futbolista Carlos Matallanas en su libro La vida es un juego, «es evidente que están hechos de otra pasta…tienen la cabeza amueblada de otra forma…Solo se entienden los unos a los otros». Y es que algo de inaudito y asombroso se percibe en ese futbolista que se sitúa bajo los palos presto a agarrar el balón con sus manos.

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